¿Eres capaz de ser justo?

La Primera Ola (I)

Se considera que la Primera Ola de lo que se conoce como feminismo empezó con la Revolución francesa y terminó con la 19ª Enmienda a la Constitución Americana en 1920, por la que se reconocía el derecho al voto a las mujeres. Así que, según esta clasificación, la tal Primera Ola duró aproximadamente desde 1789 hasta 1920, aunque tuvo distintas etapas. Aquí hablaremos de la primera etapa, a finales del siglo XVIII.

Se centraba en asuntos legales como el derecho al voto y a la propiedad, en un mundo en el que el representante legal de una mujer era su padre o su marido, lo que obstaculizaba, o directamente impedía, una vida autónoma para las mujeres; no podían tener propiedades, ni votar, ni estaba aceptado que las mujeres burguesas, puntualizo, trabajaran; tampoco podían pedir un préstamo ni controlar su reproducción. 

Puntualizo lo de las mujeres burguesas porque obviamente la gran mayoría de mujeres trabajaban: eran cocineras, sirvientas, costureras, regentaban casas de huéspedes, lavaban, fregaban, bailaban en cabarets, trabajaban en el campo, en las fábricas, en los hospitales, en las escuelas, en las establos, en las panaderías, en las tiendas de telas, posaban para los pintores, eran cigarreras, actrices, niñeras, vendedoras ambulantes, chamarileras e incluso escribían y, penosamente, muchas se prostituían. La idea de que las mujeres no trabajaban es la mayor estupidez que se ha difundido jamás. Algunas mujeres no trabajaban o no podían trabajar o no debían trabajar o lo que fuera porque pertenecían a la nobleza, alérgica genéticamente al trabajo, o a la burguesía, que por aquel entonces andaba al acecho de estatus y poder y deseaba contagiarse de la alergia esa o al menos que se contagiaran sus mujeres. El resto de mujeres y casi todos los hombres se buscaban la vida y trabajaban. En un mundo sin leyes laborales ni convenios salariales ni subsidios ni el más mínimo resquicio de justicia social. Incluso la gran mayoría de niños trabajaban.

Primeras Declaraciones de Derechos

La Revolución francesa reivindicó la justicia social de la liberté, la fraternité et la egalité, recordemos. La Asamblea Nacional Constituyente de Francia aprobó el día 26 de agosto de 1789 la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en la que se establecían los derechos fundamentales, tanto personales y universales, como cívicos y comunitarios, de todos los hombres franceses sin excepción. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano es muy sencilla y apenas consta de XVII artículos en los que se definen los derechos supuestamente naturales del hombre que son: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Por ejemplo, la libertad se define como ‘todo aquello que no cause perjuicio a los demás’ y no tiene otros límites que ‘los que garantizan a los demás miembros de la sociedad el disfrute de los mismos derechos’. 

Ahora bien, ni las mujeres francesas [las mujeres de Grenoble se levantaron en armas en 1788; las angevinas pedían ser enroladas en el Ejército; y, en 1789, se reunieron 4000 mujeres en la calle y se presentaron ante la Asamblea Nacional] ni los esclavos franceses estaban incluidos en la Declaración. Así que Olimpia de Gouges redactó, en 1791, la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. También consta de XVII artículos y también define los derechos supuestamente naturales de la mujer como libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión. El primer artículo de los Derechos del Hombre, dice: ‘los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos’; el primer artículo de los Derechos de la Mujer dice: ‘la mujer nace, permanece y muere libre al igual que el hombre en derechos’. En el Artículo VI, Olimpia de Gouges declara que ‘ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta ley rigurosa’; y en el IX, ‘sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la ley’; ahora bien, ‘si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la tribuna’. Si ella hubiera sabido lo cerca que estaba de ejercer ella misma los derechos de los artículos VII y IX… En el Artículo XI, se establece que ‘la libre comunicación de los pensamientos y opiniones es uno de los derechos más preciosos para las mujeres, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, libremente decir, soy madre de un hijo que os pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a disimular la verdad’. Además, ‘las propiedades pertenecen a todos los sexos, reunidos o separados’. En definitiva, Olimpia reclamaba la igualdad entre hombres y mujeres en todos los ámbitos de la vida, tanto públicos como privados: derecho al voto y a la propiedad privada, poder participar en la educación y en el ejército y ejercer cargos públicos; incluso una misma autoridad en la familia y en la Iglesia. Que me aspen si esto no es Quinta Ola, por lo menos.

El espíritu humano de Condorcet

Un buen amigo de Olimpia de Gouges, el marqués de Condorcet, matemático, político revolucionario y filósofo, fue también gran defensor de los derechos humanos, en especial de los derechos humanos de las mujeres y de los negros. Se oponía al determinismo biológico para explicar las relaciones de género o raza en la sociedad, una idea vanguardista y radical para su época. Le parecía que, en el caso de la discriminación femenina, la solución pasaba por desmontar la idea de masculinidad basada en la violencia, la virilidad y la subyugación para, a continuación, cimentarla en valores compartidos, inteligencia y razonamiento, en definitiva, nuevos modelos de autoafirmación que no nacen de la construcción de un otro enemigo contra el que definirse – y esto vale tanto para las mujeres, como para los negros, etc. 

Condorcet se casó con la intelectual Sofie de Grouchy y frecuentaba habitualmente los salones culturales y políticos de ilustres damas como Julia de Lesspinasse o Madamme Helvetius, donde solían acudir prohombres de la talla de Diderot, Thomas Paine, Thomas Jefferson o Benjamin Franklin. La propia Sofie Condorcet abrió un salón muy frecuentado en la época por donde pulularon el citado Paine y Jefferson (cuyas obras ella traducía) pero también Adam Smith, Lafayette, la duquesa de Dabrantes, Beaumarchais y un largo etcétera. Sofía y otras aristócratas redactaron una Carta sobre la simpatía en la que aseguraban que la “democracia no ha podido existir nunca puesto que las mujeres no han tenido derechos”. El marqués, por su parte, proclamaba que “la sola diferencia que puede haber entre un hombre y una mujer es obra de la educación” y defendía su derecho a la igualdad; le parecía que la educación era crucial para la emancipación y autonomía de los individuos. Recordemos que el idolatrado Jean Jaques Rousseau, precursor de la idea de ‘contrato social’, afirmaba que “las mujeres sólo sirven para cuidarnos o atormentarnos”. Pero Condorcet, mientras trabajaba en cálculo diferencial e integral, ya que también era matemático y miembro de la Academia Real de las Ciencias Francesas, escribió Acerca de la admisión de las mujeres al derecho civil (1790), donde pidió el voto para ellas, Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, y su obra más emblemática, Esquema de una descripción histórica del espíritu humano, publicada póstumamente en 1795. La descripción del espíritu está considerado uno de los textos más significativos de la Ilustración, en el que narra la historia de la civilización como una historia del progreso científico para intentar demostrar la íntima conexión entre evolución de la ciencia y el desarrollo de los derechos humanos y la justicia, y proponiendo las características de una sociedad futura moldeada por la ciencia. Le parece que la expansión del conocimiento en las ciencias naturales y sociales llevaría a un mundo más justo, basado en la libertad individual, el bienestar material y la compasión moral; de hecho, Condorcet prefería el progreso científico a las revoluciones políticas. Se imaginó una humanidad en progreso continuo hacia una sociedad utópica; le parecía que las personas debían unirse sin distinción de raza, religión, cultura o género. Se hizo miembro de la Sociedad de Amigos de los Negros y él mismo se encargó de redactar las reglas, razonamientos y objetivos de esta Sociedad, pareciéndole una gran injusticia la esclavitud y haciendo un llamamiento para la abolición del comercio de esclavos como primer paso hacia la abolición total. A Condorcet le preocupaba la diversidad individual, se oponía a las teorías protoutilitaristas; abogaba por la independencia personal, que describía como la libertad característica de los modernos, a la que asignaba una importancia política crucial; también se oponía a la imposición de principios universales y eternos. Su esfuerzo por reconciliar la universalidad de algunos valores con la diversidad de las individualidades es muy interesante, digno de la Séptima Ola.

Convencida de la igualdad entre las personas

Olympe de Gouges (1748-1793) había nacido en una familia burguesa y se había casado siendo aún adolescente con un hombre mucho mayor que, al poco tiempo, la dejó viuda y con un hijo. Nunca se volvió a casar por haber quedado escarmentada de lo que consideraba “una tumba para la confianza y el amor”. Pronto, en 1770, llegó a París, donde se preocupó por que su hijo recibiera una buena educación mientras ella, gracias a su ingenio y su belleza, frecuentaba los salones de la capital -también gracias a su cuna, puesto que era la hija ilegítima del marqués de Pompignan, que había hecho de la madre de Olimpia su amante cuando ya estaba casada con un carnicero, quien firmó como padre legal de la niña. 

Escribió varias obras de teatro e incluso montó su propia compañía itinerante, con poco éxito económico, aunque pronto sus obras empezaron a representarse en teatros de todo el país. Su obra más conocida y polémica se titulaba, atención, La esclavitud de los negros, lo cual es muy relevante para el tema de las olas que nos ocupa. La obra era fervientemente abolicionista y su objetivo era llamar la atención sobre las condiciones de vida de los esclavos. Consiguió, tras años de oposición, que se representara en la Comédie Française pero finalmente fue saboteada y muchos actores de la Comèdie la rechazaron porque podía ofender a sus patronos: el teatro dependía económicamente de la Corte de Versailles y muchas familias nobles se habían enriquecido con la trata; además, el comercio con las colonias de ultramar representaba el 50% del comercio exterior del país. En definitiva, Olimpia fue encarcelada en la Bastilla por este escrito tan subversivo, aunque pronto consiguió ser liberada gracias a la intervención de sus amigos influyentes. Le honra a Olimpia de Gouges la intensa actividad que mantuvo a favor de la abolición de la esclavitud, ya que, a pesar de las amenazas del lobby colonial, publicó varias obras al respecto.

En 1788, cuando Francia estaba al filo de la Revolución, De Gouges publicó en el Periódico General de Francia dos de sus folletos políticos, tratando uno de ellos sobre un impuesto patriótico que luego desarrolló en una Carta al pueblo, y en el segundo expuso un amplio programa de reformas sociales. Preparó múltiples panfletos para enviarles a Mirabeau, Lafayette y Necker, a quienes admiraba. Por cierto, siempre firmaba sus escritos políticos, y también sus obras de teatro, con el membrete de ‘ciudadana’. La exclusión de las mujeres de las igualdades revolucionarias hizo que algunas de ellas se asociaran en una Sociedad de las Amigas de la Verdad; Sofía de Condorcet participaba de lleno en esta Sociedad y las afiliadas solían reunirse en su casa. Al poco, en 1791, fue cuando De Gouges escribió su famosa Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, la cual comenzaba con las siguientes palabras: 

“Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”. 

Una mujer que estaba convencida de la igualdad entre las personas en todos los aspectos de la vida pública y privada, incluido el hablar en público sobre temas políticos, el acceso al trabajo y a la vida política y, por supuesto, el derecho al voto, a poseer y controlar propiedades, a la carrera militar, a la fiscalidad, el derecho a la educación. En su Contrato social llegó a plantearse la supresión del matrimonio o al menos que estuviese basado en la igualdad de los cónyuges; promovió la aprobación del divorcio, la idea de un contrato anual renovable para el concubinato y el reconocimiento paterno de los niños nacidos fuera del matrimonio. Fue precursora de la protección a la infancia y a los más desfavorecidos: se imaginó un sistema de protección materno infantil y recomendó la creación de talleres nacionales para los parados, así como hospicios para los mendigos. Olimpia de Gouges, ladies and gentlemen, año 1790, ¡que me aspen! Por supuesto, defendía la separación de poderes propuesta por Montesquieu. Y, aunque se sumó a la causa republicana, se opuso a que se condenara a muerte al rey. Sus tendencias eran claramente moderadas; para ella, una revolución no era un acto político violento sino un cambio en la consciencia -sabía que en el futuro, todas las mujeres se darían cuenta de que tienen derecho a sus derechos en la sociedad-. Advirtió sobre los riesgos de la dictadura criticando duramente la política de Robespierre y de Marat. Así que, en agosto de 1793, fue detenida y se le acusó de haber escrito un panfleto a favor de los girondinos.

Pagó para ser trasladada a una prisión burguesa y reclamó que se la juzgara para poder defenderse. Consiguió sacar de la prisión un par de panfletos, los últimos que escribiría: ‘Olimpia de Gouges en el tribunal revolucionario’ y ‘Una patriota perseguida’. El 2 de noviembre de 1793 fue presentada, sin abogado, ante el tribunal revolucionario y, a pesar de que se defendió con inteligencia y valor, fue condenada a muerte. Al día siguiente, día 3 de noviembre, fue guillotinada. Reinaba entonces en Francia lo que se conoce como el Terror.

Condorcet, por su parte, murió en prisión tras haber sido tachado de traidor por haberse opuesto a la pena de muerte al rey, y por su ideario girondino. Como vemos, parecido a lo de Olimpia. Justo antes de ser apresado, el marqués estuvo escondido durante unos meses y fue entonces cuando escribió Esquema de una descripción histórica del espíritu humano.

Las vindicaciones de Wollstonecraft

El famoso libro Vindicación de los Derechos de la Mujer, de Mary Wollstonecraft fue escrito en 1792, un año más tarde que la Declaración de Gouges, y también está considerado como fundacional por y para el movimiento denominado feminista. Resulta que Edmund Burke publicó unas Reflexiones sobre la Revolución francesa tan pronto como 1790, posicionándose en contra de los revolucionarios a pesar de haber apoyado la Guerra de Independencia americana. La polémica que sembró este libro y la cantidad de respuestas en forma de panfletos y libros que generó, merecen un capítulo aparte. Por ejemplo, Thomas Paine escribió Los derechos del hombre después de leer a Burke; William Godwin escribió Justicia política; y Mary Wollstonecraft escribió Vindicación de los Derechos del Hombre, primero, y Vindicación de los Derechos de la Mujer, después. En la segunda Vindicación, Wollstonecraft defiende que la superficialidad y supuesta falta de raciocinio de las mujeres se debe a que se les ha negado el acceso a la educación y obviamente no a una deficiencia innata. 

“Enseñadas desde su infancia que la belleza es su cetro, la mente se amolda al cuerpo y, errante en su dorada jaula, sólo busca adornar su prisión”. 

Así que, sólo la educación racional de las mujeres les va a permitir contribuir a la sociedad. Recordemos que el idolatrado Rousseau afirmaba que las mujeres sólo deberían “ser educadas para el placer”. Pero para Wollstonecraft, el excesivo sentimentalismo de muchas mujeres perjudicaba a toda la civilización, promoviendo incluso su destrucción. Aunque Wollstonecraft no pedía el sufragio femenino, como sí lo hacía de Gouges, y su intención no era “invertir el orden de las cosas” porque le parecía que los hombres estaban “mejor diseñados por la Providencia para lograr un mayor grado de virtud”, declaraba iguales a los hombres y mujeres a ojos de Dios, sujetos a las mismas leyes morales. En todo caso, la visión del mundo de esta pionera era de Ola Cero y además era burguesa por antonomasia, hasta el punto de que ataca tanto a los muy ricos como a los pobres; estos debían recibir una educación aparte, separada de los ricos, desde los nueve años en adelante. Paradójicamente, en su primera Vindicación le reprochaba a Burke haberse sentido espantado por el sufrimiento de María Antonieta pero no por la situación límite de muchas mujeres francesas, pobres, destituidas y hambrientas.

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