Oda breve al arte cuerpo

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A principios del siglo XX se produjeron tres grandes revoluciones que le dieron la vuelta a la representación en el arte y, de paso, a la historia del arte. Lo genial es que se produjeron simultáneamente, más o menos. La primera fue la abstracción, la segunda fue el arte conceptual y la tercera, el arte cuerpo.

En un breve periodo de tiempo se abandonó esa idea de que aquel par de medios dignos de pertenecer al arte, o sea, la pintura y la escultura, tenían que dedicarse a imitar la realidad, y se las hizo evolucionar hacia una esfera propia, hacia la ausencia absoluta de representación, hacia una abstracta implosión sobre sí, basada exclusivamente en el color y la forma. En la segunda ruptura, la del arte conceptual, la idea reemplazó al objeto en el trono del arte; intencionadamente se dejaron de producir objetos terminados  y el concepto, los procesos mentales y los métodos de producción de las obras se hicieron mucho más importantes; esto no sólo supuso el destierro del objeto, la verdadera revolución estuvo en que, desde entonces, cualquier cosa o asunto, es decir, todo pudo ser incorporado como medio al arte. Lo que nos lleva a la tercera revolución: la del arte cuerpo, en la que se incorporó específicamente el cuerpo al arte, como medio, como acción, como movimiento y como fuerza primaria y fundamental en la total fusión de la vida y el arte.

La revolución del canon

La abstracción y el arte conceptual han recibido desde su advenimiento gran atención e idolatría, mientras que el arte cuerpo ha sido mucho más incomprendido, silenciado o ignorado a pesar de la energía, vanguardia, innovación, transgresión y políticas que ha aportado al arte del siglo XX. Su uso como medio tiene mucho que ver con la incorporación de muchas artistas al canon, por cierto. Y es que, para variar, a pesar de que la presencia de artistas mujeres en todos los movimientos y manifestaciones del arte del siglo XX es cuantiosa y transversal, de nuevo parece, injustamente, que así no es. Y, de nuevo, bajo el enfoque translúcido de la Séptima Ola, aparecen grandes genias en la historia del arte del siglo XX que habían sido olvidadas, ignoradas o minimizadas como meras musas de otros. Hasta el punto de que lo que está considerado como la gran revolución del arte del siglo, la exhibición (o, mejor dicho, la no exhibición) de la escultura titulada Fuente, atribuida a Marcel Duchamp, en el Salón de los Independientes de Nueva York, en 1917, fue en realidad una idea de Elsa von Freytag-Loringhoven quien “bajo seudónimo masculino, envió un urinario de porcelana como escultura para ser presentado en el Salón”.

Fundación

Es posible que nunca hayas oido hablar de Elsa von Freytag-Loringhoven, la Baronesa, una de esas personas más grandes que la vida, una artista como la copa de un pino, una bohemia de tomo y lomo. Todavía hoy, cien años después, nos parecería escandalosa, excesiva y extravagante…

Un día de marzo de 1917, encontrábase en la ciudad de Filadelfia, posando como modelo para el pintor modernista George Biddle, quien, al solicitarle que se desnudara para comenzar la sesión, descubrió que, bajo la gabardina, su sujetador consistía en un par de latas de tomate envasado (suponemos que no era sopa de tomate warholiana, porque eso ya habría sido el acabose) atadas con una cuerda verde, sus brazos estaban adornados con argollas de cortina que había robado en una tienda, de su cuello colgaba una jaula de pájaro con un pájaro cantarín en su interior, y algún otro tipo de prenda estaba hecha literalmente de verduras. Ante la perplejidad del pintor, a ella sólo se le ocurrió decir: 

“ahora la artista soy yo y tú eres mi audiencia”. 

Es bastante probable que el acontecimiento artístico más famoso en lo que llevamos de siglo XXI haya sido la performance de Marina Abramovic en el MOMA de Nueva York, titulada The artist is present. También ocurrió en un mes de marzo, concretamente entre el 14 y el 31 de marzo de 2010. Marina se sentó en una silla frente a una mesa, y otra silla vacía en el lado opuesto iba siendo ocupada por los espectadores. La artista permanecía inmóvil allí, sentada en silencio, mirando fijamente a los ojos del visitante. En total, 1545 personas se sentaron frente a Abramovic y a muchas de ellas se les saltaron las lágrimas de la emoción.O

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